…y comenzaste a llorar. Quizá porque abriste los ojos, o quizá porque constatabas lo que ya sabías y no querías aceptar: Nunca sería fácil. Por más que le amaras, de nada servirían los buenos gestos si el receptor de los mismos no te miraba con otros ojos - los del corazón -. ¿Qué podías hacer? ¿Esperar? ¿Y qué si ese cambio jamás ocurría? Eras demasiado orgullosa en ese entonces, así que preferiste marcharte, dejarle y no mirar atrás. Y aunque digan que el orgullo no es bueno, a ti te sirvió para alejarte de quien considerabas tu deidad y buscar entre la multitud, sin encontrar, eso que no sabías qué era pero que te mantenía en las noches despierta. Te centraste por completo en las señales y olvidaste su esencia y ahora que te encuentras sola añoras su presencia.

Malaci (Frida del alma mía)